Esperanza para matrimonios con problemas

por Ken Sande, Presidente de Peacemaker Ministries

He aconsejado a muchos personas que sentían que su matrimonio había muerto y no tenía ningún sentido seguir. En respuesta, siempre les recuerdo que servimos a Dios, que resucitó

Add New

a su Hijo de la tumba y que promete poner el mismo poder de resurrección a disposición de quienes confían en Él (Efesios 1:18-20). Si bien muchos casos igual finalizaron en divorcio, he sido testigo personal de cómo Dios dio nueva vida a incontables matrimonios que parecían completamente imposibles de reparar. Así que, aun cuando su matrimonio parezca estar más allá de la reparación, ponga su esperanza en Dios, dependa de su gracia, haga todos los esfuerzos posibles para reconciliarse, y confíe en Dios para solucionar las cosas según su plan.

Si bien hay muchas cosas que pueden causar un divorcio, la desesperanza es frecuentemente el factor determinante para las personas. A menudo han soportado años de frustración y desilusión, esperando que las cosas puedan mejorar de alguna forma. Luego, un día algo pasa y simplemente abandonan la esperanza. “¿Por qué debería seguir sintiéndome un desgraciado”, dicen, “cuando no hay ninguna esperanza de que las cosas mejoren alguna vez?”.

Cien años atrás, la gente seguía en matrimonios desahuciados por compromiso, pero hoy aun entre los cristianos el compromiso a menudo no es suficiente para ayudarlos a atravesar tiempos difíciles. Por lo tanto, uno de los pasos más importantes para dar vuelta un divorcio es reconstruir la esperanza lo más rápido posible. La esperanza es como una transfusión para alguien que ha perdido mucha sangre: a menos que este elemento esencial sea restablecido rápidamente, el paciente (o el matrimonio) morirá, y no habrá nada sobre lo cual trabajar.

Una forma de devolver esperanza a un matrimonio es entender qué es una confesión auténtica. Por ejemplo, suponga que una esposa ha decidido dejar a su esposo. Cuando le contó sus planes, él quedó destruido. Intentando lograr que cambie de opinión, le dijo: “Sé que no he sido un esposo demasiado bueno. Haré un verdadero esfuerzo por cambiar. ¡Por favor, quédate!”.

La esposa respondió: “He escuchado tus promesas antes. Lo has dicho vez tras vez, pero nunca cambias. No voy a quedarme en un matrimonio desahuciado el resto de mi vida”.

La confesión insulsa del esposo indica que no tiene idea de cómo necesita cambiar. Las promesas vacías y las generalizaciones amplias no cambiarán las cosas. La mejor forma de poder persuadirla para que le dé otra oportunidad es demostrar claramente que realmente ha enfrentado sus pecados y está ansioso por hacer cambios concretos para ser el tipo de esposo que Dios quiere que sea.

Este cambio en el esposo no será ni sencillo ni indoloro. A través de la aplicación en oración de la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo, el esposo necesita ver cómo sus propios deseos egoístas han regido su corazón y han destruido su matrimonio (ver Mateo 15:19; Santiago 4:1-3). Necesita ser quebrantado verdaderamente ante Dios. Necesita identificar claramente sus deseos y patrones de hábito pecaminosos –el egoísmo, la idolatría, el orgullo– que contribuyeron a la desintegración de su relación. Y necesita hacerlo sin intentar reducir su culpa centrándose en todas las formas en que ella contribuyó a los problemas de ellos.

Al enfrentarse con su propio pecado, necesita planificar cómo confesarlo a su esposa de una forma completa y específica. Debe entender que el propósito de su confesión no es manipularla o forzarla a regresar. Necesita confesar porque es culpable, y Dios lo ordena, independientemente de cómo responda su esposa. Una forma de hacer esto es usando lo que llamo los “Siete Elementos de la Confesión.”

Si el corazón de él ha sido realmente quebrantado ante Dios, y si se ha preparado adecuadamente, dará una confesión muy diferente a su esposa que la que hizo antes. En vez del insulso “No he sido un buen esposo” dirá: “Connie, he pecado contra Dios y contra ti. No he vivido de acuerdo con la norma que él me da. Él dice que yo debería amarte como Cristo amó a la iglesia. Mi amor por ti está muy lejos de esto. Me he amado a mí mismo y mis propios deseos mucho más de lo que te he amado a ti o a Dios. He convertido a mi trabajo en un ídolo y me he entregado a él. Te he descuidado y he faltado a mi palabra vez tras vez. No he guardado las promesas que te hice. Te he dejado con toda la carga de criar a los hijos porque soy demasiado egoísta como para apagar el televisor y ayudar. Puedo entender por qué estás tan dolida y desilusionada, y por qué sientes que nunca podrás ser feliz conmigo. Te he ofendido de muchas formas…”

Vez tras vez, cuando el esposo hace una confesión de este tipo, el rostro de la esposa recobra su color. En muchos casos, la mirada fría y desesperanzada es reemplazada por una expresión más suave. Al escuchar las palabras de su esposo, el Espíritu Santo las usa para restablecer la esperanza en su corazón. Comienza a darse cuenta de que algo es realmente distinto y a creer que las cosas podrían cambiar de veras. Y ella misma podría sentirse tocada y hacer su propia confesión sentida; las semillas de la reconciliación pueden comenzar a crecer.

Al despertar la esperanza, el cónyuge desilusionado a menudo estará dispuesto a postergar el divorcio para tratar de solucionar los problemas que han aquejado a su matrimonio. Esto rara vez es un proceso rápido. Los deseos y patrones de comportamiento pecaminosos que llevaron a las personas al punto del divorcio generalmente requieren semanas o meses de aconsejamiento para entender y cambiar. Pero al menos están moviéndose en la dirección correcta y, al obrar Dios a través de la iglesia, muchas parejas pueden experimentar un reconciliación genuina y una mejora continua en su relación.

A veces a las parejas les resulta sumamente difícil encontrar la solución a las causas fundamentales del conflicto marital solas. En estos casos es apropiado buscar ayuda de otras personas. No es una señal de debilidad o de fracaso; todos nosotros luchamos en relaciones y necesitamos ayuda de tanto en tanto. Hay muchas personas diestras y calificadas en el cuerpo de Cristo, y no debemos titubear en pedir ayuda a la iglesia, no importa si es un pastor, un líder de la iglesia, un amigo sabio y de confianza o un consejero bíblico capacitado.

Al pensar en obtener ayuda para su matrimonio, considere estas sugerencias específicas:

  • Busque consejos para usted primero – Todos tenemos puntos ciegos y hábitos que son difíciles de ver y cambiar. Tal vez un consejero neutral pueda ayudarlo a ver sus propias contribuciones al problema más claramente y a encontrar formas de cambiar.
  • Persuada amablemente a su cónyuge a acompañarlo – Su cónyuge podría mostrar resistencia, pero trate de entender y de apelar a los intereses de él/ella.
  • Escoja el consejero correcto – Busque consejos de personas que ofrecerán asesoramiento bíblico sólido y que estén dispuestas a decirle a usted cosas difíciles pero necesarias.
  • Siga estas Claves para el éxito en el aconsejamiento
    • Céntrese en sus propias responsabilidades antes que en las de su cónyuge.
    • Trate el corazón del problema, y no sólo los temas superficiales.
    • ¡Recuerde el evangelio de la gracia!
    • Pida apoyo en oración y rendición de cuentas de su iglesia.
    • Persevere; comprométase a seguir trabajando el tiempo que se requiera para superar los problemas que amenazan su matrimonio.

A menudo, involucrar a otras personas puede aliviar algunas de las cargas de sus propios hombros y puede ayudar a lograr cambios, tanto en usted como en su cónyuge. Pero, aun cuando las cosas no salgan como planea, recuerde que, en última instancia, es responsable por lo que hace usted, y no por lo que hacen los demás (Romanos 12:18). Busque su esperanza continuamente en Jesús, siga sus mandamientos y deje los resultados a él.


Este artículo está basado en una porción del capítulo titulado “Church Discipline: God’s Tool to Heal and Restore Marriages” (La disciplina eclesiástica: la herramienta de Dios para sanar y restaurar matrimonios”), escrito por Ken Sande. Este capítulo está incluido en el libro Pastoral Leadership for Manhood and Womanhood (editado por Wayne Grudem and Dennis Rainey, Crossway Publishing, 2003).