Cómo nos tratamos en la iglesia

Del autor:

Durante estos últimos años gran parte de mi trabajo en Peacemaker Ministries se ha centrado en capacitar a líderes del Sínodo de Missouri de la Iglesia Luterana (LCMS). Por ser luterano y líder laico de LCMS, tenía intereses personales aparte de mi trabajo profesional.

Durante eventos de capacitación identifiqué algunos temas y patrones preocupantes entre pastores y otros líderes de LCMS con los que trabajé. Me propuse compartir mis observaciones con el liderazgo denominacional, en un esfuerzo por tratar mis preocupaciones, y este artículo repite partes de las presentaciones que hice ante varios grupos de liderazgo de LCMS en 2000.

Líderes de otras denominaciones han indicado que las inquietudes expresadas en este documento reflejan condiciones similares en sus respectivas denominaciones. Es mi esperanza que al hacer disponible este artículo beneficie no sólo a los luteranos sino también a otros cristianos en situaciones similares.


 

Este artículo apareció en el número de otoño de 2000 de Lutheran Education, (Vol. 136, No. 1) y es reimpreso con permiso.

por Ted Kober

Lo predicamos. Lo enseñamos. Esperamos que nuestros feligreses y estudiantes lo crean. Pero, la forma en que nos tratamos los líderes del Sínodo, ¿da testimonio del perdón que proclamamos?

Una novia muy particular…

“Los invitados a la boda se han reunido con gran expectativa; la ceremonia a realizarse hoy ha sido esperada por mucho tiempo… El novio y sus acompañantes están frente al altar…

El sonido del órgano aumenta, un anuncio gozoso de que la novia está llegando. Todos se ponen de pie y se esfuerzan por tener un buen atisbo de su belleza. Y entonces la congregación enmudece, espantada. Esta es una novia muy particular.

Entra a los tropezones. ¡Algo terrible ha ocurrido! Tiene una pierna torcida. Cojea fuertemente. El vestido de novia está raído y con barro; grandes jirones en su vestido la dejan en el límite del recato. Pueden verse moretones negros en sus brazos desnudos; tiene sangre en la nariz. Un ojo está hinchado, amarillo y violeta al decolorarse. Y tiene pedazos de cabello que parecen haber sido tirados de su cuero cabelludo.

El organista tantea las teclas y vuelve a comenzar luego de su pausa horrorizada. Los acompañantes bajan la mirada. La congregación se conduele en silencio. Sin duda el novio merecía algo mejor que esto. Ese apuesto Príncipe que se ha mantenido fiel a su amor debería encontrar su consumación con la más hermosa de las mujeres, y no esto. Su novia, la iglesia, ha estado peleando nuevamente” (Mains, 1979).

¿Describe esta escena alguna iglesia que usted conoce? Mi planteo es que nuestro Sínodo de Missouri de la Iglesia Luterana a veces se parece a esta clase de novia. La forma en que nosotros, como líderes de la iglesia, nos tratamos muestra claramente si recordamos o no que nuestros pecados han sido perdonados.

Observaciones desde mi experiencia única

A lo largo de los últimos años, he capacitado a muchos líderes de iglesia de LCMS en la pacificación bíblica: presidentes de distrito, consejeros de circuito, reconciliadores, líderes universitarios y de seminarios, administradores y maestros de escuela, y otros obreros de iglesia profesionales y laicos. Además, hay iglesias y escuelas que me han consultado y he intervenido en iglesias y escuelas con conflictos, mediando en disputas entre líderes luteranos.

El capacitar a miles de líderes luteranos me brindó una experiencia única como laico. Era considerado una “persona de adentro”, porque he sido miembro de una congregación de LCMS toda la vida. Por otra parte, era percibido como alguien que no era parte del “sistema”, ya que no pertenezco a la nómina de profesionales de iglesia o de ejecutivos de distrito.

Durante este tiempo, muchas personas compartieron inquietudes personales conmigo que no habían compartido con oficiales de distrito. Si bien no intencionalmente al principio, noté observaciones acerca de nuestro Sínodo y de cómo trabajamos juntos. Al identificar los temas y patrones, comencé a investigar para averiguar más acerca de las razones que subyacen las inquietudes.

Nuestro Sínodo ha sido bendecido de muchas formas

A través de mis contactos, aprecié más plenamente algunas de las formas en que el Sínodo ha sido bendecido.

  1. Mi primera observación fue de reafirmación: Nuestra mayor fortaleza es Jesucristo, la cabeza de la Iglesia. Al seguir centrándonos en Cristo, permaneceremos fieles a Dios y podremos avanzar en la obra de nuestro Sínodo.
  2. Me maravillé ante la forma en que Dios ha bendecido ricamente el Sínodo de Missouri con líderes dotados en cada distrito y zona: pastores, ministros de religión y laicos. Nuestros líderes aman al Señor, estudian la Palabra de Dios y dedican sus vidas a servir a la Iglesia de Cristo.
  3. Nos beneficiamos de una unidad sustancial en la doctrina. Si bien hay algunas diferencias, encontré mucha más unidad en la doctrina que diversidad. Existen diferentes formas de realizar el ministerio y la adoración, pero debemos cuidarnos de diferenciar entre unidad y uniformidad.
  4. LCMS es líder mundial en el cristianismo en su obra misionera, sus sistemas educativos y su producción de nuevos planes de estudio y otros materiales cristianos.
  5. LCMS es líder mundial en el cristianismo en su deseo de equipar a líderes de la iglesia en la pacificación bíblica. Ken Sande, presidente de Peacemakers Ministries (un ministerio cristiano no denominacional), señala que ninguna otra denominación ha invertido más tiempo y recursos en capacitar a líderes en la pacificación bíblica que el Sínodo de Missouri. El Sistema de Resolución de Disputas de LCMS, si bien sigue siendo refinado, brinda un sistema modelo que otros cuerpos eclesiásticos de Estados Unidos están estudiando implementar.

¿Es nuestro Sínodo menos eficaz de lo que debería ser?

Conidero que nuestro trabajo en conjunto es menos eficaz y productivo de lo que debería ser. En 2 Pedro leemos por qué podría ocurrir esto:

Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina.

Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos. En cambio, el que no las tiene es tan corto de vista que ya ni ve, y se olvida de que ha sido limpiado de sus antiguos pecados (2 Pedro 1:3-9).

Dios nos ha dado, individualmente y corporativamente, todo lo que necesitamos para hacer la obra que nos ha asignado (vv. 3, 4). Se nos alienta a agregar características piadosas a nuestra fe y conocimiento, para que podamos ser más productivos y eficaces en nuestra obra para Él (vv. 4-8). Sin embargo, Pedro indica también que quienes no agregan estas cosas a su fe son menos eficaces y productivos de lo que deberían ser porque se han olvidado de que sus pecados han sido perdonados.

La pregunta con la que lucho es esta: ¿Es posible que nosotros, en el Sínodo de Missouri, nos hemos olvidado a veces que hemos sido limpiados de nuestros antiguos pecados?

Cinco áreas de preocupación

A partir de mis experiencias, he llegado a la conclusión de que hay cinco áreas de preocupación que tenemos que encarar en la vida de nuestro Sínodo:

  1. Hay evidencias significativas de heridas, dolores, amarguras y falta de perdón sin resolver entre los líderes de nuestra iglesia. ¿Acaso sugiere esto que quienes viven en amargura y falta de perdón se han olvidado de que sus pecados han sido perdonados?
  2. Hay una actitud de no reconocer la pecaminosidad de algunas de nuestras prácticas en la cultura de nuestro cuerpo de iglesia, que hemos aceptado como norma y aun hemos justificado:
    • no hablar bien de cada uno ni buscar la mejor explicación a las cosas.
    • rotular, chismear, calumniar.
    • justificar la publicación de acusaciones sin primero “ir y mostrar a mi hermano su falta”.
    • líderes de iglesia, distrito y del sínodo que actúan por información de segunda y tercera mano para acusar y exigir defensa, sin dar al acusado la oportunidad de explicar libremente antes de ser culpado.
    • sistemas tecnológicos (salas de chat en Internet, llamadas telefónicas, e-mails, etc.) usados para hablar de otros (chisme) en vez de hablar directamente a otros.

      ¿Acaso estas actitudes y actividades pecaminosas entre líderes de la iglesia dan a entender que nuestros pecados han sido perdonados?

  3. Existen sentimientos de desconfianza significativos entre muchos de nuestros obreros de iglesia profesionales. Algunos indicaron que temían compartir sus sentimientos sinceros dentro de las reuniones de circuito y de distrito. Varios líderes de iglesia indicaron que había falta de rendición de cuentas personal a líderes laicos o pastores. Otros revelaron que no tienen un confesor personal. ¿Acaso nuestra desconfianza surge de habernos olvidado de que nuestros pecados han sido perdonados?
  4. La forma en que nos tratamos como hermanos y hermanas en Cristo es un tema crítico. A menudo presentamos los desacuerdos doctrinales como nuestros temas más importantes en el sínodo. No obstante, creo que las cuestiones de pecado subyacentes personales acerca de cómo nos tratamos unos a otros plantean una amenaza más seria a nuestra unidad, pero raramente son reconocidas. Cuando no nos tratamos en amor en nuestros desacuerdos, ¿no sugiere esto que nos hemos olvidado de que nuestros pecados han sido perdonados?
  5. Personas fuera de nuestro sínodo, como iglesias asociadas en el mundo y otras denominaciones estadounidenses, nos dicen que el Sínodo de Missouri se ha ganado la reputación de confesar una sólida doctrina bíblica. Pero hay miembros y amigos del sínodo que también dicen que tenemos la reputación de no poner nuestra fe en práctica en ocasiones, especialmente en lo que se relaciona con la forma en que nos tratamos. ¿Acaso nuestra reputación de no tratarnos con amor sugiere que las personas del Sínodo de Missouri a veces se han olvidado del perdón que Cristo obtuvo para ellas en la cruz?

¿Acaso la cultura en nuestro Sínodo nos está impidiendo ser eficaces y productivos en nuestro conocimiento de Jesucristo y la misión que Él nos ha dado? De ser así, entonces San Pedro nos dice en el versículo 9 que somos cortos de vista y ciegos, y nos hemos olvidado de que nuestros pecados han sido perdonados.

¿Cómo llegué a mis conclusiones?

Observaciones y experiencias

Durante los recesos, en comidas y charlas nocturnas, en llamadas telefónicas e e-mails, líderes de iglesia acudían a mí para compartir debilidades, temores, inquietudes y heridas personales. Algunos venían a mí para confesar sus pecados.

Y luego estaban las experiencias de los juegos de roles. Entrenamos a consejeros de circuito y reconciliadores con participantes que hacían juegos de rol de casos reales. En un caso de juego de roles importante que involucraba una disputa entre un pastor luterano y un director de una escuela luterana, tuvimos que interrumpir varios de los juegos de roles para poder ministrar a personas heridas. Los estudiantes se identificaron demasiado estrechamente con las partes del caso de estudio. En un juego de roles un pastor no había perdonado a su padre, que había fallecido 35 años antes. Otro participante se enojó realmente con la persona que cumplía el papel de pastor porque le recordaba a un pastor de su experiencia personal. Otro se identificó demasiado estrechamente con el director y estalló contra el pastor. En uno de los juegos de roles la persona que cumplía el papel de pastor confesó sus pecados al reconciliador. El reconciliador anunció la gracia de Dios, recordándole que sus pecados habían sido perdonados. El estudiante entonces se salió de su papel y, con lágrimas en sus ojos, exclamó: “Nadie ha hecho esto por mí antes. ¡Gracias!”.

A veces, mientras hablaba, oía comentarios sarcásticos acerca de una persona en el liderazgo. Generalmente ignoraba las difamaciones o trataba de diluirlas, alentando a las personas a centrarse en sus propias responsabilidades. Pero luego de refutar uno de estos comentarios, me enteré durante un receso que mi corrección había ofendido a varias personas. Hice arreglos para reunirme por separado con un grupo de catorce personas en un receso de comida. Les dije que estaba consciente de que había algunas heridas profundas entre las personas de esa sala, y quería darles la oportunidad de hablar de sus heridas y aplicar algunos de los principios de pacificación bíblicos sobre los que habíamos estado hablando. Establecí una regla básica: no debía haber ninguna acusación contra una persona que no estuviera presenta y que, por lo tanto, no podría responder. Una persona dijo: “Ted, nuestro dolor es tan profundo que no sabemos siquiera si queremos discutirlo ya. ¿Nos darías un par de minutos para pensar antes de responder a tu pregunta?”. Accedí.

Pasaron diez largos minutos sin que nadie dijera una palabra. Finalmente una persona comenzó a hablar. Y luego otra. Y otra. Estas personas dejaron salir sus heridas profundas. Un pastor mayor terminó diciendo: “Luego de lo que hemos pasado, ¡jamás alentaría a uno de mis hijos o nietos a entrar en el ministerio de la iglesia!”. Otro pastor estuvo de acuerdo: “Si alguien de mi familia insiste en dedicarse al trabajo en la iglesia, no lo detendré. Pero no haré nada para alentar a nadie de mi familia a dedicarse al trabajo en la iglesia. ¿Por qué querría que mis hijos o nietos sufran lo que yo he sufrido de otros líderes del Sínodo?”. La mayoría de las cabezas de la sala asintieron.

El dolor y las heridas entre nuestros profesionales de iglesia son increíbles. En mis viajes por todo el Sínodo, he oído a muchos otros obreros de la iglesia hacerse eco del mismo sentimiento. Buscamos formas de alentar a más personas a dedicarse a la iglesia a tiempo completo, pero el reclutamiento en las universidades y seminarios no resolverá este problema. A menos que comencemos a cambiar la forma en que nos tratamos, seguiremos perdiendo buenos obreros de la iglesia y no lograremos reclutar nuevos candidatos de calidad.

Esa noche comencé a reflexionar acerca de cuán serio es este problema. Me invadió el dolor y lloré por nuestro Sínodo. Me pregunté si quería seguir trabajando con líderes de LCMS y aprender más acerca del dolor silencioso. Encontré consolación esa noche en la capilla, donde pasé un largo tiempo en oración y con la Palabra, buscando fortaleza de mi Señor. Mi ayudante me buscó y oró conmigo. Oré fervientemente esa noche, y muchas veces desde entonces, pidiendo a Dios que cambiara la cultura en nuestro Sínodo para que las heridas de nuestros obreros de la iglesia pudieran ser sanadas.

¿Qué es lo que subyace esta heridas sin resolver de tanto tiempo? Comencé a investigar.

Cuando los obreros de iglesia venían a confesar sus pecados a mí, les preguntéba por qué estaban confesándose conmigo. ¿No había nadie más con quienes pudieran confesarse? ¿Y el presidente de distrito? “No, él es el supervisor eclesiástico con el poder para removerme del ministerio”. ¿Y su consejero de distrito? “No, él es un brazo de la oficina de cistrito”. ¿Hay algún pastor de su circuito al que usted pueda acudir? “¡De ninguna forma! Lo hice una vez (o dos o tres veces) y fui apuñalado por la espalda. ¡Aprendí que uno no puede confiar en sus hermanos!”. ¿No hay un anciano u otro líder laico de confianza en su iglesia al que pueda acudir? Un pastor me dijo lo siguiente: “Lo intenté y quedé muy lastimado. Han pasado 18 años desde que confié en un laico. ¡Simplemente no creo poder hacerlo!”.

Déjeme recordarle que mi contacto principal con líderes de iglesia incluía a obreros de iglesia maduros y experimentados. Estos no eran principalmente nuevos obreros o personas que tenían importantes conflictos con sus iglesias. ¡Eran los líderes actuales de nuestro cuerpo de iglesia! Le pregunto: ¿Qué está ocurriendo al liderazgo de nuestra iglesia si muchos de sus obreros de iglesia clave no tienen a quién confesar sus pecados o reconocer sus debilidades?

En 1 Juan 1:8 leemos: “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. ¿Se están engañando a sí mismos estos líderes o están negándose la oportunidad de confesar sus pecados, y no tienen la verdad?

En Gálatas 6:2 somos amonestados: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo”. ¿Se han olvidado estos líderes de que sus pecados han sido perdonados? ¿Cómo pueden recordarlo si no escuchan las palabras consoladoras del perdón por sus pecados? ¿Quién está ayudándolos a llevar sus cargas?

Evidencia de apoyo

`En el número de junio de 1999 de Reporter encontré más información confirmatoria. El artículo del Dr. Bruce Hartung finalizaba una serie de tres partes con el título: “LCMS está perdiendo buenos obreros. La pregunta es… ¿POR QUÉ?” (pp. 8-9). En su artículo, cita partes de respuestas escritas que recibió de obreros profesionales de iglesia del Sínodo. Por ejemplo:

“Ante todo, un comentario sobre uno de sus comentarios. Usted escribió: ‘He aquí nuestro desafío: ¿Podemos hablar libremente acerca de este tipo de cosas?’. ¿No es un mandato bíblico que debamos compartir cosas entre nosotros en amor? Sé por qué hace esta pregunta. Es debido a que en nuestra iglesia (LCMS) la comunicación abierta no es bienvenida. Se nos enseña a vivir según la premisa de que debemos ponernos fachadas exteriores y no vivir en la realidad”.

“Todo el que sabe lo que está ocurriendo sabe que será rotulado inmediatamente y nunca será apoyado por los hermanos”.

“Uno de mis hijos ha perdido mucho interés en el ministerio en vista del clima actual en LCMS y en vista de la falta de apoyo hacia mí de parte de líderes de LCMS cuando estaba bajo ataque”.

“Busqué aliento en mis colegas pastores, pero sólo recibí sermones en vez de ser escuchado; y, aparentemente, para ser apuñalado por la espalda por uno de los ‘hermanos’”.

“Lo que me afectó a mí y a mis problemas de estrés fue que no tenía ningún confidente”.

Obreros de iglesia de LCMS escribieron estas palabras de dolor. Cada semana, estos mismos líderes proclaman las buenas nuevas acerca de Jesús en nuestros púlpitos y aulas. Como cuerpo de creyentes, ¿hemos creado una cultura en la que los de adentro y los de afuera pueden decir fácilmente: “Hay una cuerpo de iglesia que sabe que sus pecados han sido perdonados. Miren cómo se tratan entre sí. Sé que son discípulos de Jesús. ¡Quiero ser parte de ese cuerpo de iglesia!”?

La Junta de Educación Superior de LCMS recientemente difundió un proyecto de investigación con relación al Estudio Sobre la Escasez de Clérigos. Su propósito fue identificar las razones de la creciente escasez de pastores y proponer soluciones. El tema dominante a lo largo del informe ha sacudido a muchos, y varias personas están negando o ignorando lo que el informe identifica como un tema crucial en nuestro Sínodo. Nuestra escasez de obreros de iglesia esta relacionada directamente con la forma en que nos tratamos. El informe revela que la forma en que los obreros de iglesia profesionales se tratan entre sí y cómo los laicos y obreros de iglesia se tratan entre sí está afectando significativamente la forma en que los obreros de iglesia ven su satisfacción personal en el ministerio. Gran insatisfacción, conflictos sin resolver, amargura, depresión… todas estas cosas entre los obreros de iglesia y sus cónyuges han llevado a muchos a no alentar a la gente a considerar el trabajo profesional en la iglesia, y en algunos casos han llevado a obreros de la iglesia a desalentar a otros de considerar un llamado al ministerio.

Un tema doctrinal: Cómo vivimos nuestra fe

Como líder de mi congregación y como líder laico en el Sínodo, confieso que he respondido pecaminosamente a algunas de estas mismas cosas. Aprendí rápidamente cuán conveniente es rotular a las personas para poder sentirme cómodo relacionándome con los que estaban de acuerdo conmigo. En mis grupos era fácil hablar acerca de personas de los otros grupos y especular acerca de sus motivaciones. Acepté ideas preconcebidas acerca de las personas de aquel distrito y las personas que vivían en aquella región del país. También me encontré diciendo que debemos hacer todo lo posible para defender la verdad y deshacernos de todas las personas que yo percibo que pueden estar haciendo algo que podría conducir a la falsa doctrina.

Por favor no me malinterprete. Apoyo fuertemente la doctrina de nuestro Sínodo y creo que debemos cuidarnos de toda enseñanza falsa. Debemos luchar en conjunto para mantener y construir unidad en la doctrina. Ciertamente tenemos temas doctrinales importantes que necesitamos discutir y estudiar juntos.

No obstante, creo que a menudo nos hemos engañado y hemos justificado acciones pecaminosas basándonos en el fin de defender la verdad de Dios, como si Dios necesitara que usemos cualquier medio pecaminoso disponible para defender su verdad.

Hemos aceptado ciertas actividades como normas de nuestra cultura de LCMS, pero que Dios llama pecaminosas:

  • rotular (juzgar) a personas o grupos de personas;
  • especular acerca de los motivos de otros;
  • hablar acerca de otros en vez de hablarles (chismes);
  • aceptar o actuar de acuerdo con acusaciones de otros sin hablar personalmente con el acusado y darle una oportunidad para describir su lado de la historia antes que nosotros mismos los acusemos de ser culpables;
  • no amarse unos a otros como Cristo nos ama.

En su libro devocional Morning and Evening, Charles H. Spurgeon advierte a los cristianos acerca de justificar nuestros pequeños pecados:

Cuídense de los pensamientos ligeros acerca del pecado. Al momento de la conversión, la conciencia es tan tierna que tememos el pecado más leve. Los jóvenes conversos tienen una santa timidez, un temor piadoso de ofender a Dios. Pero, ¡ay! muy pronto la delicada flor sobre estos primeros frutos maduros es quitado por el manejo tosco del mundo que la rodea: la planta sensible de la joven piedad se convierte en un sauce en la vida posterior, demasiado flexible, demasiado dispuesta a ceder. Es tristemente cierto que aun un cristiano puede volverse por etapas tan endurecido que los pecados que una vez lo sobresaltaron ya no lo alarman en lo más mínimo. Por etapas, los hombres se familiarizan con el pecado… Al principio un poco de pecado nos sobresalta; pero pronto decimos: “¿Acaso no es este un pecado pequeño?”. Luego viene otro, más grande, y otro, hasta que por etapas comenzamos a considerar al pecado como nada más que un pequeño mal; y luego sigue una presunción no santa: “No hemos caído abiertamente en pecado. Es cierto que tropezamos apenas, pero nos hemos mantenido erguidos en general. Tal vez pronunciamos una palabra no santa, pero la mayor parte de nuestra conversación ha sido consistente” (p. 142).

Durante mi trabajo en todo nuestro amado Sínodo, he llegado a la conclusión de que el mayor tema que afecta a nuestro Sínodo y su efectividad en el ministerio es la forma en que nos tratamos; en otras palabras, es una cuestión de cómo vivimos nuestra doctrina.

¡Contar las Buenas Nuevas acerca de Jesús! Entendemos la importancia de llevar las Buenas Nuevas a los perdidos, pero ¿y qué de los nuestros? Nuestra efectividad en nuestra misión es afectada a menudo por nuestro deficiente tratamiento de unos a otros. Jesús dice: “Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:34, 35).

Amarse unos a otros no significa que debamos comprometer la doctrina por el bien de la unidad. Jesús ama a todos, pero su amor no le impide hablar la verdad y confrontar el pecado. Jesús nunca compromete la verdad de Dios para llevarse bien.

Por otra parte, no amarse unos a otros al discutir nuestras diferencias sí compromete nuestra doctrina. No importa cuán seria sea nuestra preocupación por proteger la sana doctrina, esta preocupación nunca justifica respuestas pecaminosas como el chisme, la calumnia o acusaciones infundadas.

¿Cómo podemos construir la unidad en la doctrina si no nos amamos unos a otros? Pablo escribió a los gálatas: “Pero si siguen mordiéndose y devorándose, tengan cuidado, no sea que acaben por destruirse unos a otros” (Gálatas 5:15).

Al reflexionar sobre la forma en que nos tratamos a veces, he llegado a esta conclusión: Nos hemos olvidado de que nuestros pecados han sido perdonados. Creo que nos hemos vuelto demasiado temerosos como para confesar y demasiado justos como para perdonar.

¿Existe alguna solución? ¡Buenas noticias!

¿Podemos cambiar realmente la cultura de nuestro amado Sínodo? ¿Cómo encarar estas actitudes, palabras y acciones pecaminosas? ¿Servirá de algo discutirlas? ¿Es posible enmendar nuestros caminos pecaminosos? ¿Hay alguna forma en que podamos realmente esperar que nuestra cultura mejore en un mundo pecaminoso?

Hermanos y hermanas en Cristo, tengo buenas noticias para ustedes. Jesucristo murió por nuestros pecados. Él vertió su sangre en la cruz por ti y por mí. Dios perdona nuestros pecados porque Jesús pagó el precio total por nuestros pecados en la cruz.

Recordemos que nuestros pecados han sido perdonados. En el perdón de Dios se nos ha dado todo lo que necesitamos para hacer la obra que nuestro Señor nos ha asignado.

En la seguridad de las Buenas Nuevas del evangelio, propongo algunas ideas sobre la forma en que podemos hacer cambios positivos en la cultura de nuestro Sínodo, especialmente en la forma en que nos tratamos unos a otros.

Recomendaciones para el liderazgo del Sínodo

Cómo ayudar a realizar un cambio en la cultura de nuestro Sínodo que venga de Dios

Tengo cuatro recomendaciones específicas para cambiar la forma en que nos tratamos unos a otros en el liderazgo de la iglesia.

1. Confesión y perdón
Dios nos llama a confesar nuestros pecados, recordando que Dios, a través de Cristo, perdona nuestros pecados. Al confesar nuestros pecados consistentemente, estaremos confesando nuestra fe activa y viva en Cristo.

“Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:8, 9).

Además de confesar nuestros pecados a Dios, tenemos que confesar nuestros pecados unos a otros también. Como personas, necesitamos confesar privadamente a quienes hemos ofendido y orar por aquellos con quienes tenemos conflictos sin resolver.

“Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16).

Como líderes, debemos confesar nuestros pecados públicos a las personas contra quienes hemos pecado. Los líderes cristianos que son modelos de confesión de sus propios pecados rompen las barreras de actitudes de autojustificación que permean los grupos conflictuados. Cada vez que trabajamos con una iglesia o escuela conflictuada, la confesión pública de un líder se convierte en un suceso clave. Lo que suele seguir es un tiempo de confesión y perdón irrestricto y libre. La confesión de los líderes lleva al perdón, y las personas responden también confesando sus propios pecados.

Si usted no es consciente de ninguna necesidad de confesar, lo aliento a examinar su corazón cuidadosamente y buscar un consejo piadoso. ¿Es posible que se haya vuelto tan justo que no tiene ningún pecado que confesar? Tal vez ya no puede ver su propio pecado.

¿Qué ocurriría si en todas nuestras reuniones de distrito previésemos un tiempo en nuestras ocupadas agendas para la confesión y el perdón corporativos? Podríamos tomarnos tiempo para reflexionar sobre nuestros pecados corporativos e individuales, confesarlos y escuchar nuevamente la buena nueva del perdón.

¿Qué ocurriría si en esas reuniones, luego de nuestra confesión y perdón corporativos previésemos un tiempo en que los asistentes busquen hermanos y hermanas con quienes tienen conflictos sin resolver para que pudieran ser reconciliados a través de la confesión y el perdón?

¿Qué ocurriría si hiciéramos esto mismo en nuestra Convención Sinódica de 2001? ¿Podemos ser modelos para nuestra gente sobre cómo la confesión y el perdón pueden formar parte de nuestra obra conjunta en la iglesia en vez de reservarlos solamente para el Servicio Divino?
“Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, vístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes. Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:12-14).

Por supuesto, junto con la confesión tiene que haber la seguridad del perdón de nuestro Dios gracias a nuestro Salvador Jesucristo.
2. Rendición de cuentas mutua
Amarse mutuamente y edificar confianza también significa rendir cuentas mutuamente en amor. Algunas personas protestan cuando alguien les pide que rindan cuentas. Esto parece ocurrir especialmente en Estados Unidos, donde idolatramos la libertad individual.

Rendir cuentas no significa falta de confianza o amor. En realidad, la falta de rendición de cuentas demuestra falta de amor (ver Hebreos 12:4-11). El líder cristiano recibe de buena gana la rendición de cuentas, y la brinda. Con nuestra libertad en el evangelio también reconocemos nuestra responsabilidad ante Dios y unos a otros.

“Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos. Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón” (Colosenses 3:15, 16).

“Hermanos, les pedimos que sean considerados con los que trabajan arduamente entre ustedes, y los guían y amonestan en el Señor. Ténganlos en alta estima, y ámenlos por el trabajo que hacen” (1 Tesalonicenses 5:12, 13).

Rendir cuentas mutuamente no significa aplastar en sumisión o usar medios pecaminosos para avergonzar a nuestro hermano o hermana para que haga lo correcto. La rendición de cuentas mutua exige compasión, amabilidad, humildad, gentileza, paciencia y escuchar activamente. Pero si caemos en pecado mientras buscamos rendir cuentas mutuamente, podemos ser reconciliados a través de la confesión y el perdón.

3. Enseñar amablemente la pacificación
Necesitamos seguir enseñando a las personas a cambiar nuestra cultura haciendo de la confesión y el perdón una forma de vida, en vez de reservarlos para el Servicio Divino el domingo. (Ver Colosenses 3:15, 16, arriba). Podemos seguir enseñando la pacificación mediante:

  • el estudio bíblico;
  • la predicación y la enseñanza;
  • reuniones, conferencias y convenciones de distrito y del sínodo;
  • amonestando y alentándonos amablemente unos a otros, especialmente a otros líderes;
  • aconsejando con la Palabra de Dios, distinguiendo correctamente entre la Ley y el evangelio,
  • la adoración.

4. Ser modelos de la pacificación bíblica
Como líderes, debemos reconocer la oportunidades para ser modelos de la pacificación bíblica y poner nuestra fe en la práctica diaria. “Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes” (Filipenses 4:9).

En cada conflicto que llegue a su conocimiento, considere aplicar estos cuatro principios:

Glorifique a Dios: ¿Cómo puedo glorificar a Dios y dar testimonio de lo que Cristo ha hecho por mí en la forma en que respondo a este conflicto?

Quite la viga de su propio ojo: ¿De qué forma he contribuido yo a este conflicto, y qué debo hacer para sacar la viga de mi ojo?

Vaya y muestre a su hermano su falta: En vez de hablar a otros acerca de mi oponente, ¿cómo puedo amorosa y amablemente ayudar a mi hermano a entender cómo ha contribuido al conflicto?

Vaya y reconcíliese: La pacificación no es una actividad pasiva; exige acción. ¿Cómo puedo demostrar el perdón que Cristo me ha dado y propiciar una solución razonable a este conflicto?

(Adaptado de Sande, 1997.)

Esperanza de cambio

¿Podemos realmente lograr un cambio saludable en nuestro Sínodo? ¿Es posible realmente cambiar la cultura de nuestro Sínodo, especialmente en la forma en que nos tratamos?

No pongo mi esperanza en nuestros líderes elegidos del Sínodo o Distrito, o en el Sínodo en convención. Más resoluciones y estatutos no cambiarán la cultura de nuestro Sínodo.

No pongo mi esperanza en los pastores, ministros de religión o laicos de nuestro Sínodo.

No pongo mi esperanza en nuevos programas de capacitación, nuevos estudios bíblicos o nuevos materiales.

Mi esperanza está en Quien nos creó, Quien nos hizo justos en su sangre, y Quien nos santificó; Quien nos llama hijos suyos y nos hizo miembros del cuerpo de Cristo.

Para efectuar este cambio en la cultura de nuestro Sínodo, tenemos que centrarnos en Cristo y en lo que Él ha hecho por nosotros individual y corporativamente. Como nos escribe el autor de Hebreos:

Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo. (Hebreos 12:1-3)

Quiera el Dios de gracia bendecir a los líderes de nuestra iglesia y congregaciones al caminar juntos en la organización de lo que llamamos el Sínodo de Missouri de la Iglesia Luterana. Que nuestra práctica proclame la doctrina por la que somos tan conocidos. Que la forma en que nos tratamos hable fuertemente acerca de la recordación del perdón de nuestros pecados, para que nuestros propios hermanos sean consolados y los incrédulos se vuelvan creyentes.

¡Que el mundo sepa que somos discípulos de Jesús que no sólo cuentan las Buenas Nuevas acerca de Jesús, sino que las viven!

Traducción: Alejandro Field

Referencias

Main, K. (1979). The key to a loving heart. Elgin, IL: David Cook.
Sande, K. (1997). The Peacemaker: A biblical guide to resolving personal conflict. 2nd ed. Grand Rapids, MI: Baker Books.
Spurgeon, C. H. (n.d.). Morning and evening. McLean, VA: MacDonald Publishing.