El Evangelio para los en Conflicto

Dios proveyó la cura para un corazón idólatra en el evangelio de Jesucristo. La tristeza que viene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse (2 Corintios 7:10). La cura para la idolatría es el arrepentimiento, el perdón y la fe.

La pacificación está cimentado en el evangelio. Al ayudar a las personas a buscar glorificar a Dios y sacar las vigas de sus propios ojos, debe recordar la cura que Dios brinda a través del evangelio. Como embajadores de Cristo, comprometidos con el mensaje de la reconciliación (2 Corintios 5:18-20), los pacificadores tienen la oportunidad de proclamar el evangelio a personas dolidas.

La cura

Nuestro Salvador recibió el castigo por nuestros pecados para que pudiésemos ser justos a los ojos de Dios y libres de nuestra idolatría.

Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:1-2).

Dios nos libró de la esclavitud del pecado de nuestros falsos dioses, y ofrece el perdón para todos los que se arrepienten y creen en Jesús.

Por tanto, para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, a fin de que vengan tiempos de descanso de parte del Señor (Hechos 3:19).

Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: “Voy a confesar mis transgresiones al Señor”, y tú perdonaste mi maldad y mi pecado (Salmos 32:5).

La Palabra escrita y hablada del evangelio (la Biblia), mediante el Espíritu Santo, nos ofrece todas las bendiciones de Cristo, nos lleva al arrepentimiento y a la fe, y nos permite llevar una vida piadosa.

Examinamos nuestras corazones estudiando la Biblia, que es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia (2 Timoteo 3:16) y aplicando sus verdades a nuestras vidas.

Cómo guiar a las personas a la cura

Santiago 4:1 nos llama a dejar de centrarnos en la otra persona y dedicar nuestra pasión y energía a los deseos que batallan dentro de nuestro propio corazón. Al arrepentirnos y confesar nuestros pecados, recibimos el perdón de Dios.
La confrontación debe ser redentora, amable, cautivante y específica

La reprimenda de Natán a David en 2 Samuel 12:1-13 es un ejemplo de una confrontación amable y cautivante. En el caso del pecado del rey David con Betsabé, Dios envió a su profeta Natán para ministrar a David. David había sucumbido a sus deseos y había pecado contra Dios, Urías, Betsabé y todo Israel. Sirvió sus temores intentando cubrir sus pecados. Se convirtió en un “dios” y se juzgó justo a sí mismo, ejecutando a Urías para proteger su reputación y su posición como rey.

Natán fue enviado para confrontar a David con su pecado y consolarlo con el amor y el perdón de Dios. Natán atrajo a David con una historia sobre un hombre rico que mató el cordero favorito de una hombre pobre para el huésped del rico. Su confrontación fue amable, pero directa.

“Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”. 1 Juan 1:9

Guiar a una persona a la cura podrá incluir confrontar a la persona cuando no ve su necesidad de perdón. Un líder espiritual o un amigo deben ir frecuentemente a ministrar a la persona sorprendida en pecado (Gálatas 6:1) porque el pecador se justifica a sí mismo y no puede ver su pecado, o se rehúsa a reconocer la seriedad de su pecado. David no buscó ayuda de Dios o Natán. Natán fue enviado por Dios para ministrar a David (v. 1).

Guiar a una persona podrá incluir también declarar o identificar el pecado. David se enardeció inmediatamente cuando escuchó la historia de Natán, declarando que el hecho era reprochable y merecedor de castigo. Natán entonces dijo que David era el hombre culpable, identificando los pecados de abuso de autoridad, asesinato y adulterio, e intentar cubrir todos sus pecados (v. 12). Esto se logra frecuentemente mediante preguntas precisas, pidiendo a la persona que compare su acción con la Biblia.

Cuando el pecador se arrepiente y confiesa el pecado, el líder espiritual consuela al pecador con el perdón de Dios y lo prepara para las consecuencias y las responsabilidades futuras. David reconoció que había pecado contra el Señor. Natán le recuerda inmediatamente la gracia de Dios para consolarlo, a la vez que lo prepara para las consecuencias que sufrirá como resultado de su pecado (v. 13-14).

Reemplace la adoración del ídolo por la adoración del Dios verdadero

El pecador, habiendo sido recordado de su perdón, vuelve a adorar al Dios verdadero. David adora a Dios con sus oraciones por la vida de su hijo. Luego de que muere su hijo, continúa adorando a Dios (v. 15-20; ver también Salmos 32 y 51).

La adoración correcta

En los tres casos de temores, deseos y juicios, ¡somos culpables de adoración incorrecta! Tememos, amamos y confiamos en alguien o algo más que Dios mismo, lo cual es adoración de ídolos.

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente”, le respondió Jesús.
Mateo 22:37

Al recordar el perdón de Dios, adoramos a Dios solo y reemplazamos la adoración incorrecta por la adoración correcta.

Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo [tu esclavitud al pecado]. No tengas otros dioses además de mí (Éxodo 20:2) [explicación agregada]

Cambiamos nuestro sacrificio a los ídolos por nuestra contrición ante Dios. El arrepentimiento es la adoración correcta.

El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido (Salmos 51:17; ver también Isaías 66:2b).

La palabra “confesar” significa literalmente ‘decir lo mismo que’. Confesar nuestros pecados es decir lo mismo que Dios dice de nosotros: somos pecadores indignos de su gracia (Romanos 3:10-18). Confesar nuestra fe en Cristo es decir lo mismo que Dios nos proclama en su Palabra: Jesucristo vino para salvar a los pecadores.

Cuando confesamos nuestros pecados, creyendo en nuestro perdón a través de Cristo, también confesamos nuestra fe en Cristo. La confesión de nuestra fe en el Dios verdadero es la verdadera adoración (1 Juan 1:8-10).

Busque la verdadera adoración del Dios vivo, especialmente cuando se encuentra en un conflicto. Tema a Dios antes que a otras personas. Reemplace los deseos pecaminosos por el amor a Dios. Confíe en Dios en vez de sus propios juicios egoístas. Él promete darnos el poder para temer, amar y confiar en Él.

Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina (2 Pedro 1:3-4).

Tema a Dios

Tenga una actitud de sobrecogimiento ante el Dios verdadero cuando se vea tentado a temer a otros o tema perder algo precioso.

El temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina (Proverbios 1:7).

No teman el reproche de los hombres, ni se desalienten por sus insultos (Isaías 51:7b).

No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno (Mateo 10:28).

Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente? Pero en ti se halla perdón, y por eso debes ser temido (Salmos 130:3-4).

Ame a Dios

Desee al que lo perdona y le brinda todo lo que necesita, en vez de desear cosas que no lo pueden salvar.

A los que buscan al Señor nada les falta (Salmos 34:10b).

Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas (Mateo 6:33).

¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra. Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu, pero Dios fortalece mi corazón; él es mi herencia eterna (Salmos 73:25-26).

Deléitate en el Señor (Salmos 37:4).

Confíe en Dios

Dependa de aquel que sacrificó a su Hijo por usted y evite la tentación de confiar en sus propios juicios o justificar sus acciones criticando a los demás.

Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en el hombre (Salmos 118:8).

Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia (Proverbios 3:5).

No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes (Mateo 7:1-2).

Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues al juzgar a otros te condenas a ti mismo, ya que practicas las mismas cosas (Romanos 2:1).

Piense cada pensamiento, diga cada palabra, haga cada acción como un acto de adoración a Dios. La adoración se completa cuando Dios viene a usted y usted responde a su amor. No depende de la respuesta de otra persona.

Cambiamos nuestra vida pecaminosa cuando confiamos en Dios y recordamos nuestro perdón. Por el contrario, no crecemos en nuestra fe y no llevamos vidas piadosas cuando nos olvidamos de que nuestros pecados han sido perdonados (ver 2 Pedro 1:3-9).

Consecuencias

La adoración de ídolos trae consecuencias severas, pero la verdadera adoración, renunciando a los ídolos mediante el arrepentimiento y la fe, trae reconciliación, paz y vida eterna:

Los que siguen a ídolos vanos abandonan el amor de Dios (Jonás 2:8)

A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén (Romanos 1:21-25).

Considere algunos ejemplos de personas que se aferraron a sus ídolos y perdieron la gracia que podrían haber tenido:

Temores

  • El ladrón que no se arrepintió en la cruz (Lucas 23:39-41)
  • El rey Saúl en sus intentos por matar a David (1 Samuel 18-31).

 

Deseos

  • Ananías y Safira (Hechos 5:1-11).
  • El dirigente rico (Lucas 18:18-30).

 

Juicios

  • Los fariseos no arrepentidos (Lucas 18:10-14).
  • El hermano mayor del hijo pródigo (Lucas 15:25-32)

    La Biblia nos consuela con ejemplos de personas que sufrieron por tener corazones idólatras pero que se arrepintieron y fueron perdonadas:

Temores

  • El ladrón arrepentido en la cruz (Lucas 23:39-43).
  • La negación de Cristo por parte de Pedro (Juan 18:15-18; 25-26; Juan 21:15-29).

Deseos

  • El rey David, cuando deseó una mujer hermosa (2 Samuel 11-12).
  • El hijo pródigo (Lucas 15:11-32).

Juicios

  • Jonás, cuando luchó con el juicio (Jonás 1:1-4-11)
  • Saulo (Hechos 9:1-19).

 

Conclusión

El conflicto generalmente produce sufrimiento. Se nos alienta a soportar el sufrimiento pacientemente (también conocido como “longanimidad”). No obstante, cuando un agravio no puede ser pasado por alto, somos llamados a practicar la amonestación amorosa en vez de hacer juicios pecaminosos (Salmos 37; 1 Tesalonicenses 2:11-12; 5:14-15; Efesios 4:15; Hebreos 12:1-11; 1 Pedro 2:18-25).

Sométase a los juicios y a la disciplina de Dios (reciba la corrección con humildad). Confronte a los demás con amor y siga los caminos bíblicos para la resolución de conflictos (consulte Mateo 18; Gálatas 6:1-2). Si alguien no quiere responder, reconozca sus límites y confíe en que Dios hará justicia a su tiempo.

Recuerden y regocíjense en su perdón. Compartan su perdón unos con otros. Porque él los ha amado, aprendan a estar satisfechos en Dios. Consuélense en la fidelidad de su Dios. Alégrense siempre en el Señor (Filipenses 4:4).

Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz (Santiago 5:16).

Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón (Salmos 37:4).