Crisis, Cambio y Conflicto: Capacitados Para Pastorear

Chip Zimmer
Vicepresidente de Ministerios Internacionales
Peacemaker Ministries
czimmer@peacemaker.net

Introducción:

Muchas gracias por la invitación para estar aquí y reflexionar con ustedes sobre lo que significa liderar al pueblo de Dios durante tiempos de crisis y cambios. Es un honor para mí formar parte de su Conferencia.

El tema “Capacitados para pastorear en medio de la CRISIS mundial”, no podría ser más oportuno. Quiero abordar este tema desde tres perspectivas:

Primero, me gustaría pensar con relación a la crisis actual y establecer que, en el fondo, es una crisis espiritual.

A continuación, consideraremos la crisis como un tiempo de cambios, con riesgos y oportunidades, y compartiré con ustedes algunas ideas relacionadas con lo que significa ser un pastor y un líder, así como algo sobre la dinámica del cambio que pueda ayudarnos a mantener el foco de nuestro liderazgo en Dios, y no solamente en nuestras circunstancias.

Finalmente, la crisis y los cambios casi siempre producen conflictos, y sugeriré algunas formas en que, como pastores y líderes, podemos servir a nuestras congregaciones y a nuestra sociedad más amplia cuando surgen estos conflictos.

Mi conclusión ante todo esto es que, dado que ésta es en el fondo una crisis espiritual, los pastores y los líderes de la iglesia son precisamente las personas adecuadas para cumplir con papeles de liderazgo, y que estamos llamados y facultados por Dios para servirle en tiempos como estos, viviendo y liderando a través del evangelio. Dios nos ha facultado para pastorear y liderar en tiempos de crisis.

Primera parte: Una crisis espiritual

Hace poco estaba leyendo un artículo en The Wall Street Journal, un periódico estadounidense. Si no está familiarizado con este diario, es un favorito entre la comunidad empresarial de Estados Unidos, y es muy leído por empresarios de todo el mundo.

El artículo, escrito por Daniel Henninger, hablaba de la relación entre la actual crisis financiera y la creciente tendencia en Estados Unidos de evitar las palabras “Feliz Navidad”. Tal vez no les parezca obvio a ustedes que exista una relación entre ambas cosas. Pero el Henninger fundamenta su caso convincentemente.

Señala que los problemas que han surgido en nuestra economía son producto mayormente de que la comunidad empresaria, nuestros líderes políticos y en última instancia cada uno de nosotros no ha prestado atención a lo que él llama las “tres erres”: “Responsabilidad”, “Refrenamiento” y “Remordimiento”. Como actores de nuestra vida económica, cada uno de nosotros no hemos podido vivir responsablemente y dentro de nuestros medios financieros, refrenarnos de asumir gastos y deudas que no podíamos manejar y, habiendo cometido estos errores, no hemos tenido un auténtico remordimiento que produzca un cambio de conducta.

Si estas cualidades, que él identifica como principalmente “morales” por naturaleza, hubieran formado parte del carácter estadounidense en general y de las personas que tomaron decisiones sobre préstamos e hipotecas –sugiere el Henninger–, tal vez no estaríamos en el desastre en el que nos encontramos hoy. Esta clase de cualidades se expresan principalmente a través del carácter individual. Todas tienen su fundamento, no en la teoría económica, sino en la fe religiosa y, específicamente, en la fe cristiana.

Es fácil en la crisis actual señalar con el dedo a Estados Unidos o Europa, y es muy cierto que nos corresponde gran parte de la culpa. Sin embargo, voy a suponer que de alguna forma las tendencias humanas que están presentes en mi país y que han contribuido a la crisis actual también están presentes en Perú. De hecho, forman parte de la condición humana caída.

Durante varias décadas, nosotros en Estados Unidos hemos experimentado una creciente “secularización” de la sociedad, basada mayormente en el pragmatismo, en “lo que funciona”. Somos personas que nos centramos en los resultados, y nuestra filosofía de vida se ha convertido en: “si funciona, si produce resultados –especialmente si produce ganancias–, debe estar bien”. Vemos esta “secularización” en todas partes. Ha llegado a definir nuestra vida económica y política. Lamentablemente, se ha introducido también en algunas de nuestras iglesias, especialmente cuando el “éxito” se define por la cantidad de miembros en vez de la obediencia fiel.

Vemos también la secularización en la pérdida de un sentido corporativo de que hay verdades eternas y que éstas subyacen toda moralidad, toda noción del bien y el mal. La tolerancia o el respeto se han convertido en una cualidad clave –algunos dirían la clave– de la vida nacional, y nos esforzamos por no ofender a quienes son diferentes de nosotros. Y esto aparece, según nota el artículo de Henninger, en la expresión “Feliz Navidad”. En este momento del año, quienes somos cristianos somos cada vez más conscientes del mensaje sutil y no tan sutil de que está bien desear a los demás “Felices vacaciones” o “Felices fiestas”, pero no “Feliz Navidad,” para evitar ofender a quienes no comparten nuestra fe.

No estoy sugiriendo que, como cristianos, seamos intolerantes, o que actuemos de formas que ofendan a personas de otras tradiciones religiosas o que no tengan ninguna tradición religiosa. Todo lo contrario. Creo que nuestra fe nos llama a respetar a los demás y a amar a los demás de la misma forma que Cristo nos ama a nosotros, sirviéndolos y trabajando para su bienestar.

Pero lo que quiere indicar Henninger es que no debemos sorprendernos al final de que una nación que promueve el secularismo y que en ese proceso elimina la religión de su vida pública elimine también valores fundamentales que genera la religión, la clase de valores, como “responsabilidad, refrenamiento y remordimiento”, que ponen límites al comportamiento público y privado, y que están en el fondo del código moral que mantiene unidas a las comunidades.

De una forma importante y fundamental, entonces, puede verse que la declinación de una cosmovisión religiosa y, específicamente, de la cosmovisión cristiana que alguna vez estuvo en el corazón de la vida pública en Estados Unidos y en otras partes subyace la actual crisis económica. Esta es, en el fondo, una crisis moral, una crisis de carácter. Y, como es una crisis moral, es una crisis espiritual.

Según mi experiencia, las crisis espirituales casi siempre son producto de la adoración mal dirigida. Nosotros los humanos somos muy propensos a adorar a la creación antes que al Creador, como señala el apóstol Pablo en Romanos 1. Simplificando el tema al máximo, por abajo de la presente crisis económica se encuentra el amor al dinero y a la riqueza. Jesús nos alertó al respecto. También nos mostró que la solución última para toda crisis espiritual es el arrepentimiento, volvernos a Dios y alejarnos de la adoración de falsos ídolos. “Ustedes no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas”, en las palabras tan memorables del Señor.

Como pastores y líderes de la iglesia, como hombres y mujeres llamados y equipados para el ministerio, Dios nos faculta con su Palabra y con su Espíritu, y nos coloca en puestos para servirlo y servir a su Cuerpo en medio de las crisis espirituales, para señalar el camino hacia la auténtica renovación y esperanza que tenemos en Jesucristo.

Segunda parte: Liderar en tiempos de crisis y de cambios:

La palabra “crisis” se define de diferentes formas: “un momento decisivo o crucial”, “un punto crítico”, “una condición de inestabilidad o peligro… que conduce a un cambio decisivo”. Inherente a nuestra noción de crisis está la idea de que es un tiempo de mucho riesgo. La gente en general se siente muy incómoda, y a menudo están atrapadas por el temor a un futuro desconocido e imposible de conocer. Los medios –nuestros periódicos, la televisión y la radio– contribuyen a esto, ya que cada día nos trae noticias acerca de lo mal que están las cosas y la probabilidad de que empeoren. Es fácil llegar a la conclusión de que el mundo es un lugar muy peligroso en este momento y que tememos que esté cambiando para peor.

Permítame darle un ejemplo de esto, tomado de Estados Unidos. Según una encuesta de la CNN realizada un mes atrás, “setenta y cinco por ciento de los (estadounidenses) encuestados dijeron que están enojados por la forma en que se andan las cosas [eso fue un mes atrás… imaginen como deben sentirse hoy]. Dos tercios de los encuestados dijeron que tenían miedo por la forma en que iban las cosas y tres de cada cuatro dijeron que las condiciones actuales en el país los están estresando”. Esto ocurre en un país donde, dicho sea de paso, la enorme mayoría de las personas aún está cómodamente empleada.

No está mal concluir que el mundo es un lugar más riesgoso hoy que un año atrás, pero esto es sólo parcialmente correcto. Nos resulta demasiado fácil distraernos por los peligros obvios. Tenemos que recordar que una crisis es un “punto crítico”, que en cualquier punto crítico está presente el cambio, y que inherente en todo cambio está la oportunidad. Dios siempre está planeando cosas buenas, por más que nos cueste discernirlas a veces. Como personas llamadas a liderar la comunidad de creyentes a través de un tiempo de cambios, algunas de las preguntas que podríamos hacer son: “¿Cómo podríamos usar esta crisis para ayudar a producir un cambio piadoso, en vez de un cambio mundano?” y “¿Cuáles son algunas de las oportunidades que Dios está poniendo a disposición de su pueblo en medio de esta crisis, oportunidades para servir a otros y glorificar al Señor?”.

Mi colega de Peacemaker Ministries, Tim Pollard, ha reflexionado bastante sobre cómo liderar en tiempos de crisis y de cambios. Tim llegó a nuestra organización desde el mundo empresarial, donde trabajó como consultor de grandes compañías. Permítame compartir con ustedes algunas de las perspectivas de Tim acerca de lo que necesitamos entender acerca de la crisis y cómo afecta nuestras actitudes hacia los cambios que cualquiera crisis trae inevitablemente a cada uno de nosotros:

Primero, Dios indica claramente en la Biblia la necesidad de un cambio personal.

La Biblia nos dice, por ejemplo, que tenemos que ser transformados mediante la renovación de nuestras mentes. En una crisis, como en cualquier momento de decisión, nos acercamos a Dios o nos alejamos de Él. La cuestión no es si vamos a cambiar, sino cómo cambiaremos. El proceso de la santificación es un esfuerzo de toda la vida. La diferencia está en que durante un tiempo de crisis estamos más conscientes que nunca de los riesgos y los peligros involucrados. La pregunta para cada uno de nosotros, entonces, es: “¿Veo las circunstancias en las que me encuentro como una oportunidad para honrar a Dios, o permitiré que mi temor a lo desconocido o mi ira manejen mi corazón, mis pensamientos, mis palabras y mis acciones?”.

Mucho depende de cómo contestamos esta pregunta, como líderes y pastores. Sólo en la medida que decidamos buscar a Dios en medio de la crisis y los cambios podremos liderar a los demás genuinamente en la misma dirección.

Segundo, las personas resisten el cambio en parte porque Dios nos creó para valorar lo conocido.

Las tradiciones brindan estructura y previsibilidad a nuestro mundo. Y Dios ha prescrito muchas tradiciones y patrones conocidos para su pueblo. Vemos esto en el ciclo de trabajo y descanso, en el ritmo de los festivales y las celebraciones. Y los cambios –especialmente los cambios grandes– son comprensiblemente preocupantes para la mayoría de nosotros… la muerte de un ser querido, una mudanza a otra ciudad, la pérdida de un trabajo.

Detestamos perder aquellas cosas que nos ayudan a definir nuestra identidad. Al mismo tiempo, esta clase de pérdidas nos recuerdan que nuestro hogar, en última instancia, no está en este mundo sino en la eternidad con nuestro Señor. Y nuestra identidad no está tanto en dónde vivimos o qué trabajo hacemos, sino como miembros de la familia de Dios. Vemos ejemplos en la Biblia de ocasiones en que el pueblo de Dios luchando con cuestiones de cambios y de identidad. En Éxodo, por ejemplo, observamos que los israelitas en el desierto, para sorpresa nuestra, en ocasiones parecían preferir la esclavitud en Egipto, con sus comidas conocidas y pequeñas comodidades, a la vida al borde, caminando por el desierto sin ninguna certeza de lo que traería la mañana.

Independientemente de los cambios que resulten de esta crisis actual, o de cualquiera otra crisis, podemos estar seguros de que afectarán lo conocido y la rutina… en nuestras vidas y en las vidas de las personas que lideramos. Podemos mostrar empatía, apoyo y aliento en tiempos como estos, pero sólo en la medida que hayamos aprendido nosotros mismos primero a confiar en que Dios está obrando en todas las cosas para nuestro bien y para su gloria.

Tercero, las personas a veces resisten el cambio porque han creado ídolos de lo conocido y están adorando prácticas, tradiciones o formas de vida, en vez de adorar al único Dios verdadero.

El capítulo 4 de Santiago es muy esclarecedor, y nos dice mucho acerca de quiénes somos:

¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones. Santiago 4:1-3.

Tendemos a aferrarnos a lo conocido y, a menudo, a rechazar lo nuevo o lo incierto. En muchos sentidos somos como los israelitas, que preferían lo que era conocido y familiar, aun cuando estuvieran esclavizados, a lo que era liberador pero desconocido. No tiene nada de malo desear lo bueno o conocido. El problema surge cuando ese deseo se convierte en una exigencia y estamos dispuestos a sacrificar a otras personas a fin de suplir nuestra exigencia. Cuando vivimos así, nos colocamos a nosotros y a nuestros deseos en el centro de universo, en vez de Dios. Esto no es otra cosa que falsa adoración, y debemos ayudarnos mutuamente a ver esta clase de actividades claramente.

Como pastores y líderes, es crucial que examinemos nuestros corazones continuamente, los deseos que luchan dentro de nosotros, y que pidamos que el Señor nos purifique de toda injusticia, de forma que podamos pastorear a las personas para que vivan de la misma forma.

Una cuarta y ultima consideración es que Dios llama a los pastores y líderes de su iglesia a liderar con amabilidad, sabiduría, firmeza y amor.

En tiempos de crisis y de cambios, la gente mirará a sus líderes no sólo para que la aconseje y la asesore, sino también como modelos de cómo Dios espera que respondamos bajo la presión de la incertidumbre.

Permítanme poner esto en el contexto de lo que significa ser un pastor:

Un pastor mantiene a sus ovejas. Es compasivo y atento. Nota cómo le va a cada oveja y se ocupa de sus necesidades individuales. Está informado y usa su información y comprensión para prever problemas e idear soluciones, aun antes que surja el problema.

Un pastor protege a sus ovejas. Se mantiene vigilante y alerta al peligro y al riesgo. Es implacable y debidamente abnegado. En las memorables palabras de Jesús, el buen Pastor “da su vida por sus ovejas”.

Finalmente, un pastor guía a sus ovejas. No sólo les muestra dónde ir, sino que las guía adonde van, y ellas lo siguen porque confían en él para mantenerlas y protegerlas. Un buen pastor lidera desde adelante, no desde atrás.

Nuestras congregaciones estarán mirando atentamente para ver si nosotros vivimos lo que decimos creer. Este es un momento en que debemos no sólo proclamar osadamente la verdad del evangelio, sino también para que nos vean vivir la verdad de las buenas nuevas en nuestras vidas.

Déjenme resumir lo que hemos visto hasta ahora:

Primero, la crisis actual –y yo sugeriría muchas crisis– es, en esencia, una crisis espiritual. Hemos estado involucrados en la falsa adoración y somos llamados a arrepentirnos. Dios, en particular, faculta a los pastores y a los líderes de la iglesia para liderar en circunstancias como éstas.

Segundo, una crisis es un tiempo de cambios profundos que plantea riesgos y oportunidades. Como líderes que sirven al pueblo de Dios y a nuestras comunidades en medio de la crisis y los cambios, es crucial que entendamos algo de la dinámica del cambio, de cómo el cambio afecta a la gente, y que lideremos a nuestro rebaño como buenos pastores, como siervos, en vez de “enseñorearnos sobre los demás”.

Esto nos lleva a la parte final de nuestra exposición: cómo podemos ayudar a los miembros de nuestras congregaciones y a nuestra comunidad como un todo a responder bíblicamente a los conflictos que surgen inevitablemente cuando hay crisis y cambios.

Tercera Parte: Cómo liderar en tiempos de conflicto

A las personas no les va bien en tiempos de crisis y de cambios. Aun cambios que imaginamos que son “buenos” y que nos benefician pueden a veces ser tiempos de mucha tensión y conflicto. Cuánto más cuando nuestro sentido de “seguridad” está en juego. Como pastores y líderes, tenemos que estar en máxima alerta ante la posibilidad de que los tiempos difíciles generen relaciones difíciles y que matrimonios, amistades, sociedades comerciales, iglesias y aun comunidades enteras sean desgarrados como resultado del temor y la incertidumbre que van de la mano tan frecuentemente de la crisis y los cambios.

¿Qué podemos hacer, entonces?

Como habrán deducido de lo que he dicho hasta aquí, en Peacemaker Ministries nos gusta hablar de que las crisis, los cambios y los conflictos nos brindan oportunidades. Específicamente, oportunidades para glorificar a Dios, para servir a los demás y para crecer a la imagen de Cristo. Tomemos cada uno de estos aspectos por separado y los consideramos juntos.

Primero, el conflicto brinda una oportunidad para glorificar a Dios.

Como punto de partida, tal vez sea útil recordar lo que Dios espera de nosotros. Miqueas 6, versículos 6 a 8, puede ayudarnos a entender esto:

¿Cómo podré acercarme al SEÑOR y postrarme ante el Dios Altísimo? ¿Podré presentarme con holocaustos o con becerros de un año? ¿Se complacerá el SEÑOR con miles de carneros, o con diez mil arroyos de aceite? ¿Ofreceré a mi primogénito por mi delito, al fruto de mis entrañas por mi pecado? ¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el SEÑOR: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.

Nosotros, los humanos, tendemos a pensar que dar gloria a Dios está principalmente en lo que hacemos para Él. Pero Miqueas nos recuerda que Dios está mucho más interesado en nuestro carácter, en quiénes somos ante Él, y cómo esto afecta nuestra relación con Él y con los demás. Justicia, misericordia y humildad son tres de las cualidades que Dios aprecia en nosotros. ¿Son estas las cualidades que apreciamos nosotros y que buscamos diligentemente? ¿Caracterizan nuestras relaciones? Cuando las hacemos, traemos gloria a Dios. En la medida que nos quedamos cortos y ofrecemos sustitutos, podremos impresionar al mundo con nuestros dones, pero en realidad sólo traemos gloria a nosotros.

Segundo, el conflicto brinda una oportunidad para servir a los demás.

Reflexionen conmigo en estos versículos de Romanos 12, 17—21:

No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: “Mía es la venganza; yo pagaré”, dice el Señor. Antes bien,

“Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta”.

No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.

Estas palabras del apóstol Pablo nos recuerdan las palabras de Jesús mismo: que debemos amar a nuestros enemigos y bendecir a quienes nos persiguen. Sin embargo, vez tras vez, nosotros, que somos seguidores de Cristo, ideamos razones, a menudo razones muy lógicas, de por qué actuamos con hostilidad hacia nuestros enemigos, para hacerles daño y sacarles ventaja.

Quiero ser cuidadoso aquí, porque entiendo algo de la historia de Perú y las dificultades que han atravesado ustedes. De ninguna forma estoy sugiriendo que la justicia no sea importante y que las acciones pecaminosas deban ser disculpadas o pasadas por alto. Lejos de eso. Todas las acciones tienen consecuencias, y nuestra obligación como cristianos es ser responsables del daño que hemos causado a los demás y ayudar a los demás a responsabilizarse por el daño que nos han causado a nosotros.

Lo que estoy sugiriendo es que, en mi experiencia, los cristianos, demasiado frecuentemente, tomamos la justicia en nuestras propias manos, buscando castigar a las personas que nos han dañado de alguna forma. A veces lo hacemos actuando violentamente; otras, simplemente aparece en nuestro tono de voz, o en nuestras palabras. Jesús mismo nos dice: “Yo les digo que todo el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal” (Mateo 5:22).

Nos ayuda tener en mente las palabras del pastor y autor John Piper, que lo expresó de la siguiente forma en una charla que le escuché dar hace varios años. Una de dos: o la persona que nos ha dañado es cristiana, en cuyos casos sus pecados están cubiertos por la sangre de Cristo, o no es cristiana, en cuyo caso algún día tendrá que responder ante el Señor de toda la creación. Esto nos libera para hacer diferentes clases de preguntas, como: ¿cuáles son las necesidades, físicas y espirituales, de esta persona, y cómo puedo bendecirla? Pablo llega a sugerir que, cuando amamos a nuestros enemigos, “ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza”, es decir que podríamos ayudar a nuestro enemigo a arrepentirse y cambiar.

Finalmente, el conflicto brinda oportunidades para crecer a la imagen de Cristo.

Hay un dicho en Estados Unidos: “Todos quieren llegar al cielo, pero nadie quiere morir”. Un tipo de lógica similar se aplica a los frutos del Espíritu en Gálatas 5:22-23: Todos quieren tener amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Pero poco quiere en realidad vivir el tipo de vida disciplinada que requiere el desarrollo de esta clase de características. En general, preferimos vivir como nos place y esperar que Dios nos agregue estas cualidades.

Creo que en cierto sentido Dios anticipa nuestra terquedad al permitir que el conflicto entre en nuestras vidas personales. Nada revela nuestro carácter más profundo o dónde ponemos nuestra fe y confianza últimas que los tiempos de crisis, cambios y conflictos.

De igual modo, nada presenta mejores oportunidades para que crezcamos espiritualmente, para que obtengamos los frutos del Espíritu en nuestras vidas, que las presiones que sufrimos ante las circunstancias difíciles.

Como en tantos aspectos de mi vida, Dios me lo tuvo que enseñar duramente. Siempre me había considerado una persona paciente, y los demás también me veían así. Y esto es generalmente cierto; Dios me ha bendecido con un temperamento que es habitualmente tranquilo y difícil de alterar. Daba por sentado que siempre podría responder a cualquier circunstancia con paciencia y amabilidad, a pesar de ocasionales ejemplos al contrario. Estaba orgulloso de mi paciencia.

Luego mi esposa y yo tuvimos hijos.

No hay nada como un bebé gritando a las dos de la mañana, cuando uno está “de guardia”, para ayudarlo a darse cuenta de que uno no es tan paciente y amable como pensaba. Para mi consternación, aprendí que mi paciencia era mayormente superficial y estaba fundada sobre una vida que había experimentado pocos sucesos serios que pusieran a prueba esa paciencia. Aprendí que la verdadera paciencia se desarrolla, no en circunstancias que son cómodas, sino cuando la vida es incómoda y cuando mi mundo ordenado es alterado.

De forma similar, aprendemos a amar a los demás no cuando devuelven nuestro amor, sino cuando nos consideran enemigos. Aprendemos el gozo, no cuando la vida es fácil, sino cuando es difícil y reflexionamos, a menudo por primera vez, en lo que significa encontrar gozo en el Señor y no en nuestras circunstancias. Así que las crisis, los cambios y los conflictos nos desafían a producir fruto que es duradero, cualidades que demuestran la presencia de Cristo en nuestras vidas, a reconocer la pobreza de nuestros propios esfuerzos y a rendirnos al Señor de la creación y al poder de su Espíritu para que obre en nosotros.

Como pastores y líderes, seremos desafiados personalmente por la crisis, los cambios y los conflictos que produce. Podríamos experimentarlos en nuestras vidas personales. Ciertamente se nos pedirá que caminemos con miembros de nuestras congregaciones y de nuestras comunidades mientras atraviesan tiempos difíciles.

Debemos pedir a Dios que nos ayude en todas las circunstancias a traerle gloria, a buscar formas de servir a los demás y a aceptar el desafío de crecer, cada día más, a la imagen de su Hijo. Las buenas nuevas para quienes conocemos a Cristo es que, mediante su Palabra y su Espíritu, Él nos faculta para hacer justamente esto.

Reflexiones finales:

Es raro que a los pastores y a los líderes de la iglesia tengan una vida fácil. Cada día está lleno de presiones y exigencias. Los tiempos de crisis y de cambios magnifican estas presiones y exigencias, especialmente cuando originan conflictos que no pedimos y que podríamos sentir que no merecemos.

Pero Dios no ha traído a este tiempo y lugar con propósitos en mente. Los tiempos de crisis, cambios y conflictos nos desafían, pero Dios no nos ha dejado inermes. Ésta es, en su nivel más fundamental, una batalla espiritual. Dios nos equipa con su Palabra y nos faculta con su Espíritu para liderar desde adelante, para entender que una crisis es un tiempo de oportunidad y para caminar paciente y fielmente con Él a lo largo del camino que nos haya fijado en su sabiduría.

Permítanme terminar con esta palabra alentadora del Señor mismo, registrada en Mateo 28:18-20:

Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: —Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

Dios los bendiga al servir a su pueblo y a esta comunidad en los días venideros.